Ir al Coll d’Ares es sumergirse de lleno en un tapiz de ocres, rojizos y dorados. En otoño la Vall de Camprodon huele a tierra húmeda, a humo de chimenea y a setas recién cogidas.
Si buscas una escapada de fin de semana para desconectar del mundo, respirar aire puro y comer como nunca, esta es la ruta local que te propongo.
Casi todo el mundo hace la parada obligatoria para fotografiar el espectacular Pont Nou del siglo XII sobre el río Ter. Es precioso, sí, pero el verdadero placer de los que conocemos el valle es abrigarse bien y pasear bajo los plátanos centenarios del Passeig de la Font Nova o el de Maristany, pisando una alfombra de hojas secas.
Antes de seguir la ruta, entra en las tiendas del centro. Es un pecado irse sin una caja de las míticas galletas Birba, elaboradas aquí desde hace más de un siglo, o sin pasar por una charcutería tradicional a comprar un buen bull, una secallona o llonganissa.
La verdadera aventura empieza al tomar la sinuosa carretera GIV-5223 en dirección a Rocabruna y Beget. Baja las ventanillas, aunque pique el frío. El trayecto atraviesa espesos bosques de hayas y robles que en otoño estallan en colores cobrizos.
Haz una parada en el Castell de Rocabruna. Las ruinas de este castillo del siglo X se alzan sobre un risco. La pequeña caminata hasta allí te regalará una panorámica del valle que, te lo aseguro, pone los pelos de punta por su inmensidad y belleza.
Al final de la bajada te espera Beget, considerado uno de los pueblos más bonitos de España, y con razón. Es un conjunto medieval de callejuelas empedradas, puentes románicos y casas con pesados balcones de madera.
No vengas buscando grandes atracciones turísticas; el lujo aquí es el silencio. Visita la iglesia románica de Sant Cristòfol y maravíllate con la Majestat de Beget, una impresionante talla de madera del siglo XII.
¿Otro detalle maravilloso? La cobertura de móvil es escasa. Bendito sea el momento en el que dejas de mirar pantallas para escuchar el murmullo de la riera de Llierca.
Caminar por la montaña abre el apetito, y la gastronomía de esta zona es el mejor antídoto contra el frío. Busca cobijo en algún hostal tradicional, tanto en Beget como en los pueblos vecinos, como Molló o Llanars.
En otoño, la carta se transforma. Tienes que pedir platos de temporada: un buen civet de senglar (estofado de jabalí), la tierna vedella de la Vall de Camprodon (ternera local), o unos rovellons (níscalos) pasados por la sartén con ajo y perejil. Un plato contundente acompañado de un vino tinto de la tierra te devolverá la vida.
La entrada por el Coll d’Ares es mucho más romántica y directa que dar un largo rodeo por La Jonquera. Eso sí, es una carretera de montaña pura, tómatela con calma, disfruta del paisaje en cada curva y, asegúrate de llevar neumáticos de invierno, ya que las heladas matutinas son frecuentes.
Jara, natural de Panticosa y nuestra experta local en los Pirineos
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