Hay pocas experiencias culturales en el sur de Europa que consigan erizar la piel tanto como ver levantarse un castell. Esa mezcla de silencio tenso, el sonido de las grallas, las camisas de colores apretadas en la piña y el valor del enxaneta coronando la torre humana es algo que se queda grabado en la memoria para siempre.
Si estás planeando un viaje por el norte de la península y quieres presenciar esta impresionante tradición declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la cordillera pirenaica te ofrece un escenario privilegiado.
Aunque los castellers tienen su cuna histórica en el sur de Cataluña, hoy en día su fuerza se despliega con fuerza de este a oeste a lo largo de toda la geografía norte, ofreciendo plazas espectaculares desde el Mediterráneo hasta el País Vasco.

El verano es la temporada alta del mundo casteller y las localidades de la Costa Brava y el Ampurdán aprovechan sus Festes Majors (las fiestas mayores de los pueblos) para convertir sus plazas en auténticos hervideros de camisas de colores.
Plazas tan marineras como las de Blanes, Palamós o Lloret de Mar mudan su piel por unas horas para llenarse de emoción. Los grandes protagonistas de esta zona son los Marrecs de Salt (la agrupación más antigua de la provincia de Girona) y los Castellers de Figueres. Verlos levantar estructuras de siete u ocho pisos de altura a pocos metros de la costa o bajo la sombra de un casco histórico amurallado es un espectáculo insuperable. Si viajas en otoño, la cita indiscutible se traslada a Girona capital durante las famosas Fiestas de San Narciso a finales de octubre, donde se vive la espectacular bajada de un castell caminando por las escaleras de su imponente Catedral.

Al remontar el mapa hacia el Pirineo central y alpino, la tradición de las torres humanas se adapta al paisaje de alta montaña. Aquí, el epicentro indiscutible de los ensayos y las actuaciones lo encontramos en la comarca de la Cerdanya. Los guardianes de la tradición en las alturas son los Castellers de la Cerdanya, una agrupación muy querida que viste una camisa de color verde abeto que rinde un homenaje directo a los densos bosques de la zona.
Localidades como Puigcerdà, Bellver de Cerdanya o la Seu d’Urgell organizan diadas castelleres muy potentes, especialmente durante sus mercados medievales o ferias de verano. Ver un castell recortarse contra el cielo limpio de la montaña, con las paredes de roca de la Sierra del Cadí como telón de fondo, le aporta una épica completamente distinta a la de la costa. Es una experiencia mucho más íntima, donde se puede escuchar perfectamente el esfuerzo de los miembros de la agrupación y sentir la cercanía de la piña.

Al avanzar hacia el extremo occidental de los Pirineos, cruzando la muga hacia el País Vasco, la tradición toma un cariz diferente pero igual de fascinante. Aunque las grandes agrupaciones de Cataluña viajan a menudo en verano a las semanas grandes de Bilbao o San Sebastián como invitadas de honor, el territorio vasco cuenta con su propia e histórica versión de las torres humanas: las Giza Dorreak.
A diferencia de los castells catalanes, que son un evento social y vecinal autónomo, las torres humanas vascas están íntimamente ligadas a las danzas tradicionales (dantzas). Si quieres verlas en su máxima expresión, el plan perfecto te lleva a la zona de la Rioja Alavesa, concretamente al pueblo de Oion durante sus fiestas de agosto, o a las danzas del Paloteado en el sur de Navarra. Allí, los dantzaris construyen torres humanas de tres o cuatro pisos de altura como coreografía final de sus bailes tradicionales. No buscan la monumentalidad de los diez pisos, pero la agilidad, el ritmo y el valor que demuestran los jóvenes subiéndose a hombros mientras suenan el txistu y el tamboril te aseguran los mismos escalofríos de emoción.

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