En las comarcas del Ripollès y El Berguedà en cuanto bajan las temperaturas y las lluvias de septiembre riegan las umbrías, la montaña no se contempla: se rastrea. Salir a buscar bolets (setas) es un ritual casi sagrado, que combina el silencio del bosque con el bullicio acogedor de las fondas de pueblo.
En lugar de acudir a las zonas más masificadas, los que conocemos bien estas sierras buscamos los pinares de pino negro y los hayedos que unen ambas comarcas, entre Gombrèn (Ripollès) y La Pobla de Lillet o Sant Jaume de Frontanyà (El Berguedà).
Las laderas que rodean el santuario de Montgrony o las pistas de la Serra de Catllaràs son templos micológicos. Caminar a primera hora con la escarcha matutina sobre la pinocha mientras buscas el destello anaranjado de un rovelló (níscalo) o el sombrero aterciopelado de un cep (Boletus edulis) conecta con una emoción primitiva.
Es imprescindible: Cesta de mimbre para que las esporas caigan y el bosque siga vivo, navaja para cortar el pie sin arrancar la raíz y respeto absoluto por las especies que no vayas a recolectar. Si encuentras camagrocs (rebozuelos anaranjados), no los pases de largo, deshidratados o frescos, son el alma aromática de la cocina pirenaica.
El verdadero premio de una mañana fría entre pinos llega a la hora del almuerzo, cuando el aroma a leña te guía hasta un hostal de piedra. La cocina de otoño en estas comarcas es contundente, sabia y reconfortante.
Patates emmascarades: Un plato humilde y legendario nacido en las masías. Patatas hervidas y aplastadas con botifarra negra (morcilla local) y coronadas con rostons (torreznos crujientes).
Fricandó con setas: Finos filetes de ternera guisados a fuego lento en una salsa densa con carreretes (senderuelas) o ceps. El pan para mojar es una obligación moral.
Huevos de corral con camagrocs: La sencillez elevada a la excelencia; un salteado rápido donde la seta aporta un perfume dulce y silvestre inconfundible.
Pueblos como Castellar de n’Hug, Borredà o Campdevànol albergan pequeñas casas de comidas donde no existen las cartas pretenciosas, sino pizarras cantadas con los guisos del día.
El otoño aquí no se mira tras un cristal, se respira entre musgo, se escucha en las ramas que crujen y se celebra con una cuchara en la mano.
Jara, natural de Panticosa y nuestra experta local en los Pirineos
Historias de otros viajeros
Regístrate para ver todos los planes