Si sigues el curso del río Bidasoa y te desvías apenas unos minutos hacia el interior del valle, el paisaje te regala uno de esos pueblos que parecen dibujados a mano. Etxalar es el vecino tranquilo de la comarca, un rincón del Pirineo navarro donde el silencio solo lo rompe el rumor del agua y donde la arquitectura tradicional vasca alcanza su máxima expresión.
Aunque muchos viajeros pasan de largo buscando destinos más grandes, Etxalar guarda una personalidad única marcada por sus espectaculares casas de los siglos XVI y XVII, y por una tradición milenaria en sus cumbres que sigue atrayendo a curiosos cada año. Es un plan redondo que combina el patrimonio histórico con un paseo por la naturaleza más pura del norte de Navarra.


El día en Etxalar empieza cruzando el pequeño puente que da acceso al pueblo, donde conviene aparcar y continuar a pie. Lo primero que impresiona al caminar por sus calles empedradas es el tamaño y el cuidado de sus caseríos. No son casas normales; son auténticos palacios de piedra con balcones de madera tallada que en primavera y verano se llenan de flores. Perderse por sus callejuelas sin rumbo fijo es la mejor forma de apreciar los escudos de armas grabados en las fachadas y los enormes portalones arqueados.
El punto neurálgico del paseo nos lleva directos a la Iglesia de la Asunción. Pero el verdadero tesoro no está solo bajo sus bóvedas, sino en el jardín que la rodea. El antiguo cementerio de Etxalar alberga una de las colecciones de estelas discoideas más importantes y mejor conservadas de toda la región. Estas antiguas piedras funerarias de origen medieval, clavadas en la hierba y labradas con símbolos geométricos y solares, crean una atmósfera casi mística.
Para cuando termines de descifrar los secretos del jardín de la iglesia, el reloj marcará la hora del poteo. La plaza del pueblo, custodiada por el imponente edificio del Ayuntamiento, es el lugar ideal. Sentarse en la terraza de la taberna local a tomar un vino corto o una sidra fresca, mientras observas la tranquilidad de la vida rural, es uno de esos pequeños placeres que justifican la escapada.
Después de disfrutar de una comida tradicional en el pueblo, donde imperan las carnes de caza en temporada, las chuletas al carbón y los quesos artesanos del valle, podemos subir a la montaña, hacia el collado de Usategieta.
Este lugar es famoso en todo el Pirineo por las Palomeras de Etxalar. Aquí se mantiene viva, desde hace más de 600 años, una forma de caza única en el mundo que no utiliza armas de fuego, sino un complejo sistema de redes verticales ocultas entre los árboles y pajes que agitan paletas blancas para guiar a las aves hacia ellas. Aunque el espectáculo ocurre en otoño, es bonito pasear por este bosque en cualquier época del año. El sendero que recorre las palomeras es asequible, está rodeado de helechos y robles, y ofrece unas vistas espectaculares de los valles navarros y del laberinto de montañas que nos separa del mar.


Al bajar de la montaña, antes de emprender el camino de regreso, vale la pena hacer una última parada en alguna de las pequeñas tiendas del pueblo o en los propios caseríos que venden producto local. Llevarse a casa una cuajada hecha a la manera tradicional con piedra candente, un trozo de queso de oveja latxa o un pastel vasco es la mejor forma de prolongar el viaje.
Es un plan de día tranquilo, con el aroma del bosque y el peso de la tradición en cada rincón, ideal para recordar por qué nos gusta tanto perdernos por las Cinco Villas.
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Aritz, natural de Irún y experto local en el País Vasco
Dirección Etxalar, España
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